jueves, 18 de septiembre de 2014

Pídeme lo que quieras

capitulo 7

Desnudo y con su duro cuerpo sobre el mío, intento recuperar el control de mi respiración. Lo ocurrido ha sido ¡fantastico1 Le acaricio la cabeza, que reposa sobre mi cuerpo, con mimo y aspiro su perfume. Es varonil y me gusta. Noto su boca sobre mi pecho y eso también me gusta. No quiero moverme. No quiero que él se mueva. Quiero disfrutar de ese momento un segundo más. Pero entonces, él rueda hacia el lado derecho de la cama y me mira.

-¿Todo bien, Sasu?

Digo que si con la cabeza. Él sonríe.

Instantes después veo que se levanta y se marcha de la habitación. Oigo la ducha. Deseo ducharme con él pero no me ha invitado. Me siento en la cama sudoroso y veo en mi reloj digital que son las siete y media.

¿Cuánto tiempo hemos estado jugando?

Minutos después aparece desnudo y mojado. ¡Apetecible! Me sorprendo al darme cuenta de que coge los calzoncillos y se los pone.

-Anoche perdisteis el partido de fútbol contra Italia. ¡Lo siento! Os mandaron a casita.

Naruto me mira y añade:

-Sabemos perder, te lo dije. Otra vez será.

Sigue vistiéndose sin inmutarse por lo que le acabo de decir.
-¿Qué haces?-le pregunto.-Vestirme.- ¿Por qué?

-Tengo un compromiso-responde escuetamente. ¿Un compromiso? ¿Se va y me deja así?

Irritado por si falta de tacto, tras lo que ha ocurrido entre nosotros, me pongo la camiseta y los calzoncillos.

-¿Vas a repetir con mi jefa?-le suelto, incapaz de morderme la lengua. Eso le sorprende.

¡Ay, Dios! Pero ¿Qué he dicho?

Sin mover un solo músculo de su cara se acerca a mí, vestido únicamente con los calzoncillos.

-Sabia que eras curioso, pero no tanto como para leer las tarjetas que no son para ti-me dice, escrutándome con su mirada.

Eso me avergüenza. Acabo de dejar constancia de que soy un fisgón. Pero sigo mostrándome incapaz de contener mi lengua.

-Lo que tu pienses me da igual-le digo.- No debería darte igual, pequeño. Soy tu jefe. Con un descaro increíble, lo miro, me encojo de hombros y respondo:- Pues me lo da, seas mi jefe o no.

Me levanto de la cama y camino hacia la cocina.

Quiero agua, ¡agua! No champán con olor a fresas. Cuando me vuelvo está detrás de mí.

-¿Qué haces que no te vistes y te vas?-le pregunto sin inmutarme y levantando una ceja.

No responde. Solo me mira, desafiante, con los ojos entornados. Furioso lo empujo y salgo de la cocina.

Camino de vuelta a mi habitación y siento que viene detrás de mi.- Vistote y vete de  mi casa-le grito, volviéndome hacia él-. ¡Fuera!- Sasu…-oigo que me dice en voz baja

-¡Ni Sasu, ni leches! Quiero que te vayas de mi casa. Pero, vamos a ver. ¿para que has venido?

Me mira con un gesto que me impulsa a partirle la cara. Me contengo. Es mi jefe.- Vine a lo que tu ya sabes.
-¡¿Sexo!?

-Si, Quede en que te enseñaría a utilizar el vibrador. Dice eso y se queda tan pacho. ¡Flipante!

-Pero ¿es que me crees tan tonto como para no saber cómo se utiliza?-vuelvo a gritarle, preso de los nervios.

-No, Sasu-comenta con aire distraído, mientras me sonríe-. Simplemente quería ser el primero en hacerlo.

-¿El primero?

-Si, el primero. Porque estoy convencido de que a partir de hoy lo utilizaras muchas veces, mientras piensas en mí.

Esa seguridad chulesca me mata y, torciendo el gesto, replico, dispuesto a todo:

-Pero ¡serás creído! ¡Presumido! ¿Vanidoso y pretencioso! ¿Tu quien te crees que eres? ¿El ombligo del mundo y el hombre más irresistible de la Tierra?

Con una tranquilidad que me desconcertó, responde mientras se pone el pantalón:

-No, Sasu. No me creo nada de eso. Pero he sido el primero que ha jugado con un vibrador en tu cuerpo. Eso, te guste o no, nunca lo podrás obviar. Y aunque en un futuro juegues solo o con otros hombres, siempre… sabrás que yo fui el primero.

Escucharlo decir aquello me excita. Me calienta.

¿Qué me pasa con ese hombre?

Pero no estoy dispuesto a caer en su influjo.

-Vale, habrás sido el primero. Pero la vida es muy larga y te aseguro que no serás el único. El sexo es algo estupendo en esta vida y siempre lo he disfrutado con quien he querido, cuando he querido y como he querido. Y tienes razón, señor Namikaze. Le tengo que dar las gracias por algo. Gracia por no regalarme unas insulsas rosas y regalarme un vibrador que estoy seguro que me resultara de gran ayuda cuando este practicando sexo con otros hombres. Gracias por alegrar mi vida sexual.

Lo oigo resoplar. Bien. Lo estoy cabreando.

-Un consejo-me replica, contra todo pronóstico-. Lleva el otro vibrador que te he regalado en la maleta. Tiene forma de bolígrafo y reúne toda la discreción para que nadie, excepto tu, sep lo que es. Estoy seguro de que será de gran utilidad y que encontraras sitios discretos para utilizarlo solo o en compañía.

Eso me descoloca. Esperaba que me mandara a freír espárragos, no aquello.

Malhumorado, me dispongo a sacar el arpía mal hablado que hay en mí, cuando me coge por la cintura y me atrae hacia él- Lo miro y, por un momento, me siento tentado a subir la rodilla y darle donde mas le duele. Pero no. No puedo hacer eso. Es el señor Namikaze y me gusta mucho. Entonces, me coge de la barbilla y me hace mirarlo a los ojos. Y antes de que pueda hacer o decir nada, saca su lengua y me la pasa por el labio superior. Después me succiona el inferior y cuando siento la dureza de su pene contra mí, murmura:

-¿Quieres que te folle? Quiero decirle que no, Quiero que se vaya de mi casa. ¡Lo odio por como me utiliza!

Pero mi cuerpo no responde. Se niega a hacerme caso. Solo puedo seguir mirándolo mientras un deseo inmenso crece con fuerza en mi interior y yo ya no me reconozco. ¿Qué me pasa?

-Sasu, responde-exige.

Convencido de que solo puedo contestar que si, asiento y él, sin miramientos, me da la vuelta entre sus brazos. Me hace caminar ante él y me inclina hacia delante. Después me arranca los calzoncillos de un tirón y yo gimo. No puedo moverme mientras siento que saca la cartera de su pantalón y, de su interior, un preservativo. Se quita el pantalón y los calzoncillos con una mano, mientras con la otra me masajea las nalgas. Cierro los ojos, mientras imagino que se pone el preservativo. No se que estoy haciendo. Solo se que estoy a su merced, dispuesto a que haga lo que quiera conmigo.

-Separa las piernas-susurra en mi oído.

Mis piernas tiene vida propia y hacen lo que él pide mientras que acaricia  el trasero con una mano y con la otra se enreda mi pelo para tenerme bien sujeto.

-Si, pequeño, así.

Y, sin más, con una fuerte embestida me penetras y oigo un ahogado gemido en mi cuello. Eso me aviva. Luego, me da un azotito exigente. ¡Me gusta!

Me agarro al aparador y siento que las piernas me flojean. Él debe notar mi debilidad porque me agarra por la cintura con las dos manos de modo posesivo y comienza a bombear su erecto pene con una intensidad increíble dentro y fuera de mí. Una y otra vez.

En aquella posición y sin zapatos, me siento pequeño ante él, es más, me siento como un muñeco a la que le mueven en busca de placer. De pronto, las embestidas paran de ritmo y su mano abandona mi cadera y baja hasta mi pene. Lo coge y empieza a mover la mano. Eso me hace jadear.

-Otro día-me dice-, te follare mientras te masturbo con lo que te he regalado.

Le digo que si. Quiero que lo haga.

Quiero que lo haga ya. No quiero que se vaya. Quiero…

Sus embestidas se hacen cada segundo más lentas y yo me muevo nervioso, incitándolo a que suba el ritmo. Él lo sabe. Lo intuye y pregunta cerca de mi oreja con su voz ronca.

-¿Más?

-Si…..si….Quiero más.

Una nueva embestida hasta el fondo. Jadeo por el placer.
-¿Qué más quieres?-añade, mientras aprieta los dientes.

-Más

Grito de placer ante su nueva penetración.

-Se claro, pequeño. Estas húmedo y caliente. ¿Qué quieres?

Mi mente funciona a una velocidad desbordante. Se lo que quiero, así que, sin importarme lo que piense de mí, suplico:

-Quiero que me penetres fuerte. Quiero que…

Un grito escapa de mi boca al sentir como mis palabras lo avivan. Lo siento jadear. Lo vuelven loco. Sus embestidas fuertes y profundas comienzan de nuevo y yo me arqueo dispuesto a más y más, hasta que llega el clímax. Segundos después, él explota también y suelta un gemido de placer  mientras me ensarta por última vez. Agotado y satisfecho, me agarro con fuerza al mueble. Lo siento apoyado en mi espalda y eso reconforta.

Al cabo de un rato me incorporo y suspiro mientras me doy aire. Tengo calor. En esa ocasión soy yo el que se marcha directo a la ducha, donde disfruto en soledad de cómo el agua resbala por mi cuerpo.

Me demoro más de lo normal. Solo espero que él no este cuando salga. Sin embargo, cuando lo hago lo veo apaciblemente sentado en la cama con la copa de champán en la mano.

Mi gesto es un poema. Me doy cuenta de que mi ceño esta fruncido y mi boca, tensa.
Lo miro. Me mira y, cuando veo que él va a decir algo, levanto la mano para interrumpirlo:

-Estoy cabreado. Y cuando estoy cabreado mejor que no hables. Por lo tanto, si no quieres que saque la Cruella de Vil que llevo dentro, coge tus cosas y márchate de mi casa.

.Me toma de la mano.- ¡Suéltame!

-No.-Tira de mí hasta dejarme entre sus piernas-. ¿Quieres que me quede contigo?

-No.

-¿Estas seguro?-Si.

-¿Vas a responder continuamente con monosílabos? Lo carbonizo con la mirada.

Frunzo mis ojos y siseo con ganas de arrancarle aquella sonrisita de cabroncete de la boca:

-¿Qué parte de <<Estoy cabreado>> no has entendido?

Me suelta. Da un trago a su copa y, tras saborearla, susurra:

-¡Ah! Los españoles y vuestro maldito carácter. ¿Por qué seréis así? Le voy a…Le voy a dar un guantazo.

Juro que como diga alguna perlita más le estampo la botellita de etiqueta rosa en la cabeza, aunque sea mi jefe.

-De acuerdo, pequeño, me iré. Tengo una cita. Pero regresare mañana a la una. Te invito a comer y, a cambio, tu me enseñaras algo de Madrid, ¿te parece?

Con gesto serio incluso el mismísimo Robert De Niro seria incapaz de poner, lo miro y gruño:

-No. No me parece. Que te enseñe Madrid otro español. Yo tengo cosas más importantes que hacer que estar contigo de turismo.

Y vuelve hacerlo. Se acerca a mí, pone sus labios frente a mi boca, saca su lengua, recorre mi labio superior y añade:

-Mañana pasare a buscarte a la una. No se hable más. Abro la boca estupefacto y resoplo. Él sonríe.

Quiero mandarlo a que le den por donde amargan los pepinos, pero no puedo. El hipnotismo de sus ojos no me deja. Finalmente, mientras tira de mí en dirección a la puerta dice:

-Que pases una buena noche, Sasu. Y si me echas de menos, ya tienes con que jugar.

Poco después se va de mi casa y yo me quedo como un imbécil mirando la puerta.
continuara


No hay comentarios:

Publicar un comentario